La arquitectura propuesta acompaña la memoria y el recuerdo, pero también se permite licencias más contemporáneas. Las texturas de piedra monolítica remiten a las playas del Mediterráneo, contrastando con la fuerza del mobiliario en chapa pintada de rojo, color que aporta vitalidad y funciona como sello identitario. Materiales nobles como la madera y la piedra refuerzan la calidez del espacio, generando un ambiente acogedor y relajado en diálogo con el dinamismo de la producción visible.
Así, el proyecto trasciende lo gastronómico para convertirse en un punto de encuentro urbano, un lugar que conjuga tradición y modernidad, memoria y presente, dejando en la ciudad una impronta única que celebra la cultura de la pasta y el valor de compartir.
Se tomó una esquina cercana al paso a nivel del tren, sobre la avenida Francisco Beiró, con intenso movimiento urbano, donde el proyecto propone un refugio que invita a bajar el ritmo, detener la velocidad y hacer una pausa en la rutina cotidiana.
Todo ocurre en un mismo ámbito integrado: la recepción, el salón, la estación de café y el mercado de productos. Las cocinas, tras un frente vidriado, se mantienen abiertas a la mirada del visitante, resaltando la transparencia en el proceso y la importancia de lo artesanal.
Este proyecto nace de la nostalgia y el recuerdo: de olores que evocan domingos en familia, sobremesas largas y siestas al sol.